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Crítica: “The Collector”. Por unos dólares más

Durante la última década, el cine de terror –aquella sensación de incomodidad generada por lo imprevisible, lo tenebroso, lo oscuro– ha sido invadido y hasta casi desplazado por el cine de horror –el rechazo hacia lo repugnante, lo explícito, lo asqueroso. Se han generalizado una serie de filmes que ponen en evidencia lo que en otro momento –principalmente durante las décadas del ’60 y ’70– permanecía oculto y sólo era evidenciado en contadas ocasiones. Este conjunto de filmes se agrupó bajo el nombre de torture porn. Puede decirse que este subgénero comenzó allá por 2004 con obras como Saw (2004)…

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Durante la última década, el cine de terror –aquella sensación de incomodidad generada por lo imprevisible, lo tenebroso, lo oscuro– ha sido invadido y hasta casi desplazado por el cine de horror –el rechazo hacia lo repugnante, lo explícito, lo asqueroso. Se han generalizado una serie de filmes que ponen en evidencia lo que en otro momento –principalmente durante las décadas del ’60 y ’70– permanecía oculto y sólo era evidenciado en contadas ocasiones.

Este conjunto de filmes se agrupó bajo el nombre de torture porn. Puede decirse que este subgénero comenzó allá por 2004 con obras como Saw (2004) y Hostel (2005), ambas de factura estadounidense. En Europa –principalmente en Francia, aunque también en España y algunos países nórdicos–, el subgénero tuvo mejores resultados con propuestas más originales como Martyrs (2008), así como por impulsar a buenos cineastas, como es el caso de Alexandre Aja.

Sin embargo, a nivel global el torture porn ha demostrado tener una fórmula poco original y, de hecho, ha evidenciado grandes limitaciones a la hora de satisfacer al público no fanático, lo cual lo ha llevado a sufrir un rápido declive.

Subiéndose a la ola de este subgénero, a mediados de 2009 se estrenó en los EE.UU. el filme The Collector (2009), que tardó más de un año en llegar a Latinoamérica y recién en estos días se estrena en España.

The Collector cuenta la historia de Arkin, un obrero contratista con algunos problemas monetarios que no tiene mejor idea para solucionarlos que inmiscuirse en la casa de los Chase, sus empleadores, para robar joyas de la caja fuerte familiar. El problema es que, durante la noche del robo, hay alguien más en la casa: un sádico asesino al que no le interesan las joyas.

La idea, si bien no es maravillosa, tiene cierta originalidad. Los autores Patrick Melton y Marcus Dunstan –este último también director de la cinta– ya habían escrito las últimas cuatro entregas de la saga Saw –las peores cuatro, en mi opinión. Los guionistas se valen de varios clichés del género de terror: una amplia casa como escenario principal, las acciones que se suceden durante una noche llena de truenos y relámpagos, y un misterioso asesino enmascarado.

Sin embargo, donde el filme falla es en la factura. Las actuaciones son bastante anodinas, sin posibilidad de identificarse con ninguno de los personajes. Y, lo que es peor, el asesino es tan misterioso como contradictorio, capaz de planificar minuciosamente el asalto y la tortura a una familia entera como ser apaleado a puño limpio por el protagonista. Aún más, llama la atención cierta torpeza y la escasa inventiva de las trampas que instala el enmascarado a lo largo de la casa, algunas tan básicas como las que hemos visto en las películas de Indiana Jones hace 30 años. Jigsaw es ostensiblemente más creativo en este sentido. Y en cuanto a la violencia, si bien no es poca, tampoco llega a lo explícito de filmes como los anteriormente mencionados, entrando en contradicción con el subgénero que se pretende explotar. Además, hay algunas escenas gore innecesarias, como la del ácido y el gato. Al menos las trampas de Jigsaw se supeditaban a una motivación más clara por parte del asesino.

Así, queda muy poco para destacar del filme, apenas algunos climas de suspenso y la fotografía, con el buen uso de colores saturados, lo cual también remite a la saga Saw. Evidentemente, se trata de un pobre esfuerzo por obtener unos dólares adicionales de un subgénero que tiene los días contados.

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