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No hay reparos en decir que el cine de Wes Anderson es claramente un cine abstracto, atípico y especial. Y esto es precisamente lo que lo hace único. Es absurdo, es cómico… es CINE… con mayúsculas.

Crítica: Moonrise Kingdom. Rayos y centellas.

No hay reparos en decir que el cine de Wes Anderson es claramente un cine abstracto, atípico y especial. Y esto es precisamente lo que lo hace único. Es absurdo, es cómico… es CINE… con mayúsculas. Si bien su carrera es bastante consistente, unos filmes wesandersonianos que gustan más que otros. Nadie podía así imaginar que, cinco años después de filmar su última película de acción real (no contamos con Fantástico Sr.Fox), este tejano, papá de Life Aquatic, Academia Rushmore o Los Tenenmbaums, fuese a dar en el clavo del modo en que lo ha hecho. Está claro, si repasamos…

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No hay reparos en decir que el cine de Wes Anderson es claramente un cine abstracto, atípico y especial. Y esto es precisamente lo que lo hace único. Es absurdo, es cómico… es CINE… con mayúsculas.

Si bien su carrera es bastante consistente, unos filmes wesandersonianos que gustan más que otros. Nadie podía así imaginar que, cinco años después de filmar su última película de acción real (no contamos con Fantástico Sr.Fox), este tejano, papá de Life Aquatic, Academia Rushmore o Los Tenenmbaums, fuese a dar en el clavo del modo en que lo ha hecho.

Está claro, si repasamos sus títulos, que a Wesley Wales Anderson le gustan las familias disfuncionales. Entiéndase familia en su más amplio sentido, como grupo de seres con una serie de vínculos, por muy dispares que puedan llegar a ser los individuos que componen tal agrupación. Y así lo demuestra una vez más con Moonrise Kingdom, exquisita pieza, épica, dramática y divertida a partes iguales.

La acción nos traslada, no sólo en lo narrativo, sino también visualmente, a 1965, momento en que la ficticia isla de New Penzance, cercana a la costa de Nueva Inglaterra se preparaba para recibir una terrible tormenta.

Poco hay en esta isla. Unas cuantas casas, un paisaje sin igual y un campamento de boy scouts. Suficiente para relatar una más que entretenida aventura.

En el hogar de los Bishop, resuenan por separado las notas musicales de diversos instrumentos que, unidos, formarían una sin par fuga.

Del mismo modo en que comienza la acción en casa de este matrimonio de abogados (Bill Murray y Frances McDormand), así se construye la historia, poco a poco, encajando pieza sobre pieza. Suzy, la rebelde hija mayor de los Bishop (Una Kara Hayward de imponente mirada) recibe una carta. Algunas millas más lejos, un hombre adulto en pantalones cortos y calcetines hasta la rodilla, Edward Norton, el Jefe Scout Ward, descubre que uno de sus muchachos, Sam Shakusky, ha desaparecido.

Rápidamente, el campamento Ivanhoe de los exploradores caquis se pone en modo caza y captura en pos de encontrar a Sam (Jared Gilman), el más despreciado de sus scouts.

Pero Sam ya anda lejos, cruzando la isla, buscando a su "amor de juventud", Kara Bishop. Así, el uno con su tienda de campaña, escopeta y canoa, la otra con sus libros de fantasía, su gato y sus tijeras para zurdos, emprenden una huída por amor, un periplo para llegar allá donde puedan estar solos, lejos del resto de exploradores caquis, lejos de los Bishop e incluso del buenazo del capitán de policía Sharp (Bruce Willis), lejos del mundo.

Anderson plantea muy inteligentemente la historia a través de los ojos de dos generaciones. La una, joven y luchadora, imparable, inconsciente y enamorada. La otra, la de los adultos, cansados ya de la vida, en plena crisis existencial, agotados en su lucha y derrotados por el destino.

Pero poco a poco, las piezas se van colocando sobre el tablero y la partida se juega haciendo que todas ellas vibren al unísono. Los distintos fragmentos se combinan para formar una obra mayor y unitaria. Los adultos y los niños son uno solo mientras intentan protegerse de la tormenta que acecha New Penzance y de los servicios sociales que tratan de llevarse a Sam al orfanato.

Tilda Swinton y Jason Schwartzman completan un asombroso reparto (Wes Anderson siempre ha tenido el privilegio de trabajar con actores de primera línea) que funciona a su manera, como el complejo mecanismo de un reloj. Cada pequeño engranaje tiene su función y juntos hacen que el sistema completo esté activo.

En el terreno de lo audiovisual, Moonrise Kingdom es, aún si cabe, más disfrutable. En cuanto a lo "audio": La música no se detiene y el ritmo no desciende en ningún momento. Cada nota desprende el lado parroquial, anglosajón y sesentero de la América post-kennedy, aún por despertar. En la parte "visual": Anderson sorprende igualmente transportándonos a aquella época con un cuidado aspecto retro, a través de colores degradados, tonos sepia, maquetas, POV, zooms, planos que entremezclan el material gráfico de la época, desde el videoclipero al publicitario pasando por el documental.

Moonrise Kingdom nos transporta así a un lugar mágico donde dos niños de doce años sobreviven a una imparable tormenta, tanto real como emblemática. Donde descubrimos un pueblo, una forma de vida e incluso un país, a través de sus habitantes. Donde se persiguen sueños. Un trabajo ambicioso, emocional y desternillante. Un "state of the art" optimista y coral que gustará a unos y a otros. Porque aún se pueden superar las tormentas.

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