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Crítica: “El Padrino, Parte III”. Triste, solitario y final

La historia de la familia Corleone surca varias décadas así como también un arco amplio y variopinto de cambiantes emociones. Sin embargo, a lo largo de los años hay algo que persigue a los Corleone, una fuerza en forma de aluvión que les es imposible eludir: la tragedia. Tal como en los antiguos relatos griegos y en las medievales obras shakespearianas, Michael y los suyos están marcados por un destino trágico a causa de sus acciones y comportamientos relacionados con sus más profundos impulsos  y ambiciones. En el caso de El Padrino: Parte III (1990), la historia se sitúa hacia…

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La historia de la familia Corleone surca varias décadas así como también un arco amplio y variopinto de cambiantes emociones. Sin embargo, a lo largo de los años hay algo que persigue a los Corleone, una fuerza en forma de aluvión que les es imposible eludir: la tragedia. Tal como en los antiguos relatos griegos y en las medievales obras shakespearianas, Michael y los suyos están marcados por un destino trágico a causa de sus acciones y comportamientos relacionados con sus más profundos impulsos  y ambiciones.

En el caso de El Padrino: Parte III (1990), la historia se sitúa hacia fines de los años ’70, unos 20 años después de los hechos de la segunda entrega. Michael Corleone ha vuelto a Nueva York, dispuesto a comenzar una nueva vida. Ese deseo se manifiesta en sus intentos por reunir a su esposa Kay, que ha encontrado un nuevo amor, y a sus hijos Anthony y Mary –sobre todo con el primero, con quien tiene una tensa, distante y fría relación. Del lado de los negocios, Michael se propone blanquear los asuntos de la Familia a través de un emprendimiento inmobiliario con una empresa relacionada al Vaticano. Como no podía ocurrir de otra manera, un juego de traiciones comienza a tejerse a sus espaldas, y la esperanza de Michael por dejar atrás su propio pasado pronto comienza a derrumbarse.

Como se dijo anteriormente, la tragedia es parte de la familia Corleone, y en este episodio final irrumpe con mucha más fuerza que antes. Sin embargo, hay otro elemento clave en el filme que tiene una presencia relevante: la culpa. Si El Padrino (1972) se centraba en la construcción del poder de Michael a partir de su propia ambición y El Padrino: Parte II (1974) habilitaba la consolidación de dicho poder mientras se exhibía al monstruo interior del protagonista en todo su esplendor hasta causar la destrucción de su propia familia, El Padrino: Parte III es una sucesión de intentos por parte de Michael orientados a alcanzar la redención definitiva de todas las atrocidades que ejecutó –u ordenó ejecutar– a lo largo de su vida a partir del arrepentimiento que desgarra su alma.

Esto puede vislumbrarse claramente no sólo en las acciones lógicas del personaje sino también en la enorme actuación de Al Pacino. El actor personifica a un hombre avejentado por el paso del tiempo pero a la vez destrozado internamente por aquel sentimiento de culpabilidad. Pacino saca a relucir su talento con un arsenal de recursos de la escuela clásica del Actors Studio: un tono de voz débil, una mirada melancólica y un cuerpo que por momentos se desplaza encorvado, casi arrastrándose. Todo evidencia no sólo el dolor por una delicada enfermedad que se pone de manifiesto hacia la mitad de la cinta, sino también el gigantesco peso del pasado sobre las espaldas de Michael Corleone.

Coppola repite el equipo técnico de realizadores de las primeras dos entregas y propone una puesta en escena coherente con el resto de la trilogía. Pero, en este sentido, también se destacan dos aspectos importantes que no se vislumbraban en los dos episodios anteriores. Por un lado, El Padrino: Parte III es una película más austera, no en el sentido presupuestario –es la más cara de la trilogía por lejos–, sino que se desarrolla en escasas locaciones en las que predominan los interiores simples y poco imponentes. Nótese por ejemplo el comienzo mismo de la cinta, que se traslada de la mansión abandonada de los Corleone en la ciudad de Nevada a un pequeño departamento de nueva York. Esto marca no sólo la decadencia del imperio económico y político de los Corleone sino también la actitud de Michael para quienes lo rodean, su intención de separarse gradualmente de todo aquello que alguna vez ambicionó con desmesura. Por otro lado, esta última parte goza de una autoconciencia mucho mayor que las anteriores. Esto puede verse en las referencias que los personajes hacen sobre la ópera, o incluso la secuencia final en las escalinatas del teatro de Sicilia, donde el desenlace de la historia es ‘teatralizado’ como si se tratara de una tragedia operística.

El Padrino: Parte III muy probablemente no sea considerada como la mejor de toda la trilogía, aunque el punto de comparación es difícil de superar o incluso apenas igualar; los dos primeros episodios son lisa y llanamente dos de los mejores filmes de la historia. Lo cierto es que se trata de un cierre más que digno, pero, por sobre todas las cosas, trágico y absolutamente catártico y desenfadado para la mejor trilogía de todos los tiempos. No se podía esperar menos de la mayor tragedia griega del mundo cinematográfico moderno.

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