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Crítica: “Stoker”. Una cuestión de estilo

Hace exactamente 20 años nadie hubiera imaginado que la industria cinematográfica de un pequeño país como Corea del Sur se convertiría en una de las industrias fílmicas mejor consideradas por la crítica y el público. Gracias a una clara política estatal impulsada a partir del advenimiento de la democracia y orientada netamente a construir de cero una industria pujante que pudiera competir localmente con los grandes estudios y distribuidoras de Hollywood, el país asiático ostenta hoy en día uno de los mercados cinematográficos más sólidos. Basta informarse de los últimos datos estadísticos, que indican una cuota de pantalla que roza…

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Hace exactamente 20 años nadie hubiera imaginado que la industria cinematográfica de un pequeño país como Corea del Sur se convertiría en una de las industrias fílmicas mejor consideradas por la crítica y el público. Gracias a una clara política estatal impulsada a partir del advenimiento de la democracia y orientada netamente a construir de cero una industria pujante que pudiera competir localmente con los grandes estudios y distribuidoras de Hollywood, el país asiático ostenta hoy en día uno de los mercados cinematográficos más sólidos. Basta informarse de los últimos datos estadísticos, que indican una cuota de pantalla que roza el 60 por ciento. En otras palabras, de cada 100 coreanos, 60 van a los cines a ver especialmente cine coreano.

Embebidos de un modelo de industria fuertemente basado en la categorización genérica del mainstream hollywoodense, los cineastas coreanos han sabido conservar la idiosincrasia local en sus películas a base de talento. Por eso, no debería extrañar que los grandes estudios de Hollywood se hayan fijado en estos artistas. Así, 2013 ya vio el estreno de dos filmes estadounidenses dirigidos por cineastas de Corea del Sur: The Last Stand (2013), de Kim Jee-Woon y protagonizada por Arnold Schwarzenegger, y Stoker (2013), de Park Chan-wook y estelarizada por Nicole Kidman. A estos títulos hay que sumarle el próximo y muy esperado estreno de Snowpiercer (2013), dirigida por Bong Joon-ho y con un elenco repleto de estrellas de primer nivel.

En Stoker, Park Chan-wook vuelve a sumergir al espectador en un mundo de personajes perturbados y retorcidos en los que las pasiones no encuentran moderación alguna. El personaje principal es India Stoker, interpretada por la bella Mia Wasikowska, una joven que vive los últimos momentos de su adolescencia, con todo lo que ello implica. Introvertida, reflexiva y con una fuerte sensibilidad por todo lo que la rodea, India vive en un mundo en el que sus necesidades materiales están plenamente satisfechas. Sin embargo, hay un vacío en su alma a partir de una madre virtualmente ausente, personaje al que Nicole Kidman le dedica una interpretación muy interesante. La repentina muerte del padre de India –único nexo afectivo concreto en su realidad– en un terrible accidente de tránsito y la llegada de su misterioso a la vez que seductor tío Charlie, harán ingresar a India en una espiral de perversión cuyo único fin podría ser la autodestrucción.

Hay dos pulsiones básicas que dominan a los personajes principales a lo largo de la historia, y éstas son la muerte y el erotismo. Park Chan-wook demuestra que no por mudarse de geografía debe renunciar a su estilo. Así, sensaciones tan extremas como las mencionadas están filmadas con un detalle y una poética pocas veces vista en el cine de Hollywood de los últimos años. Dos puntos altos son el tratamiento del sonido –un aspecto central desde el punto de vista del personaje de India– y la fotografía de Chung Chung-hoon, habitual colaborador del director. Los movimientos de cámara así como los movimientos de los personajes dentro del plano junto a un montaje minucioso al extremo dan al filme un ritmo impecable, que demuestran que el talento de Park Chan-wook para relatar historias de este tipo está intacto.

Tal vez el punto más flojo de Stoker resida en un guión previsible que remite demasiado a historias minimalistas de suspenso de las cuales la cinta se nutre para construir a los personajes y su retorcido mundo, como es especialmente el caso de Shadow of a Doubt (1943), clásico hitchcockiano por excelencia.

Un ejercicio contrafáctico interesante sería el de evaluar el resultado de la misma película dirigida por otro director carente de la sensibilidad y el notable pulso cinematográfico de Park Chan-wook. Por suerte para los cinéfilos, el coreano está detrás de cámara para convertir una historia casi intrascendente en un producto entretenido y recomendable que permite ilusionarse con los próximos proyectos de los cineastas coreanos en Hollywood.

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