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Crítica: “Anastasia”: L’enfant terrible

Todos sabemos los riegos que conlleva echar la vista atrás para rememorar aquellas películas que antaño hicieron las delicias de nuestra añorada infancia. Fascinantes aventuras que se repetían sin aburrimiento, día sí y día también, en nuestros vetustos reproductores de VHS y que nos parecían – qué mínimo- emblemas del séptimo arte. Ya adultos y resabidos, cuando de forma esporádica se nos antoja rescatar a nuestro niño interior, gustamos de revisar aquellas ‘joyas infantiles’ con la predisposición de dejarnos llevar y disfrutar como entonces hacíamos. Y si bien en algunos casos la cosa sale como deseamos (personalmente me he encontrado…

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Resumen : Crítica de la película infantil "Anastasia" de Don Bluth.

Valoraciónes : 2.28 ( 2 votos)

Todos sabemos los riegos que conlleva echar la vista atrás para rememorar aquellas películas que antaño hicieron las delicias de nuestra añorada infancia. Fascinantes aventuras que se repetían sin aburrimiento, día sí y día también, en nuestros vetustos reproductores de VHS y que nos parecían – qué mínimo- emblemas del séptimo arte. Ya adultos y resabidos, cuando de forma esporádica se nos antoja rescatar a nuestro niño interior, gustamos de revisar aquellas ‘joyas infantiles’ con la predisposición de dejarnos llevar y disfrutar como entonces hacíamos. Y si bien en algunos casos la cosa sale como deseamos (personalmente me he encontrado con una grata sorpresa en la vieja “Merlín” (Wolfgang Reitherman, 1963)), la gran mayoría de veces nos damos de bruces con lo que temerosamente esperamos: unos productos que dejan mucho que desear y que, en ciertos casos muy puntuales, resultan ser auténticos bodrios.

Les puedo poner un ejemplo muy claro (y seguramente muy doloroso para muchos) a raíz de la reciente emisión en televisión de la tres primeras películas de Star Wars (Episodios I, II y III). En plena edad del pavo, dicha trilogía se convirtió para mí en un objeto de culto y admiración; un soberano espectáculo de ciencia ficción que – por entonces- reunía todos los avances tecnológicos existentes. Ríos de tinta corrieron (y aún corren) sobre la valía o el despropósito que estas cintas supusieron y, a lo largo de mi mutación como individuo, debo reconocer que he pasado de un extremo a otro en cuanto a mi opinión al respecto. En apenas dos semanas, el buen recuerdo que tenía de estas películas se ha perdido al completo, siendo sustituido por una muy amarga sensación de patetismo. Tramas aburridas, personajes insulsos, diálogos ridículos, escenas hipervitaminadas de innecesarios efectos especiales (que además han envejecido muy mal en muy poco tiempo)… y todo ello coronado por un Anakin que resulta ser un insoportable niñato llorica que vive un romance a la altura de las mejores series de Antena 3.

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Por fortuna, casos tan extremos como este no suelen ser muy habituales. Lo más normal es que estos revisionados sirvan para vulgarizar obras incorrectamente apreciadas por culpa de una dulce e imberbe mentalidad, aunque muchos hay que – generalmente por nostalgia- son incapaces de aceptar esta realidad. En este punto intermedio me he vuelto a encontrar muy recientemente con el visionado de “Anastasia” (Don Bluth, Gary Goldman, 1997), película de uno de los más destacados animadores del pasado siglo y uno de los escasos competidores que tuvo la Disney dentro del género. A Don Bluth quizás se le pueda identificar mejor por la muy destacada “Fievel y el nuevo mundo” (1986), “En busca del Valle Encantado” (1988) o por el que fue su último trabajo “Titán A.E.” (2000). De “Anastasia” conservaba el recuerdo de una película correcta y la recuperé sin mayores pretensiones. La sorpresa, esta vez para mal, ha sido mayúscula.

Resulta evidente que los clásicos Disney son la principal fuente de la que bebe “Anastasia”, pudiéndose definir la película como un conjunto de clichés hartamente recurrentes dentro de la animación infantil pero – he aquí la cuestión- muy mal utilizados. No vamos a descubrir nada cuando la trama cuenta con una princesa (Anastasia), un reino perdido (Rusia) y un villano con no muy buenas intenciones (Rasputín). Un cuento infantil plasmado de forma tradicional y con una conclusión feliz. La base y los términos son los de siempre. El problema reside en el despropósito que genera el conjunto del todo y cada elemento de este en particular.

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El primer gran lunar de “Anastasia” reside en el carácter histórico a partir del cual se genera la trama. Es 1916 y la Rusia Zarista se tambalea ante una inminente revolución. Lógicamente la película, para evitar cualquier tipo de perturbación infantil, dulcifica la compleja realidad presentando un idílico reino de prosperidad bajo la tutela de unos bondadosos Romanov. Pero no es este el quid de la cuestión. Lo verdaderamente grotesco reside en que la Revolución Rusa no es sino resultado de la magia negra que practica Rasputín. Uno de los acontecimientos más relevantes de la historia del siglo XX queda reducido a una mera parodia producto de la interminable lucha entre el bien y el mal. No me quiero imaginar el antológico follón que ahora, en plena era de Internet, se podría montar si estrenaran una película que, por muy infantil que fuese, tergiversara de forma tan ridícula acontecimientos históricos que aún hoy generan incendiarios debates.

Pasado este inicio tan jocoso como ofensivo, nos introducimos de lleno en la historia de Anastasia, superviviente Romanov que deberá viajar hasta París para reunirse con su abuela la Emperatriz Marie. Asistimos aquí a una de las partes más tediosas de la película, terriblemente ralentizada por el abuso constante de canciones. Lo que en Disney es un sello identificativo cuidadosamente utilizado, en “Anastasia” se convierte en un grave obstáculo que impide un transcurrir adecuado y vivaz de la trama. Pero el suplicio de todo este viaje a París no es producto únicamente de unas extenuantes canciones; a ello hay que sumar unos personajes realmente estúpidos tanto en sus formas como en sus diálogos. Tanto Anastasia como su compañero Dimitri son individuos insulsos, simples y descuidados. Se observa una dejadez insólita en unas conversaciones huecas de las que no te puedes creer que se genere una atracción. Los personajes evolucionan sin que exista una razón que lo motive.

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Las cosas mejoran de cara a la segunda parte de “Anastasia”, cuando su protagonista arriba en París. De repente, las canciones desaparecen por completo, las conversaciones se notan más cuidadas y la historia comienza a desenvolverse con mayor soltura. Los personajes deben hacer frente a una serie de pequeños problemas que, aunque simples, resultan mucho más interesantes y creíbles que todo lo acontecido anteriormente. Por desgracia, el milagro dura poco y la película se resuelve de forma chapucera, demostrando el poco empeño y cuidado con la que ha sido tratada.

Destacábamos anteriormente que “Anastasia” cuenta con un villano llamado Rasputín, – personaje históricamente ambiguo que, como el tema de la Revolución, es tergiversado penosamente-  un malvado mago que por razones que desconocemos, quiere hacer desaparecer del mapa a toda la dinastía Romanov. Como ocurre con los protagonistas, es un personaje bastante limitado y simplón, aunque más atractivo por su enfoque humorístico. Lo malo de Rasputín es que está introducido por la fuerza dentro de la trama y se nota que no han sabido muy bien qué hacer con él. Podemos observar como permanece completamente ausente durante el reencuentro entre Anastasia y la Emperatriz lo que, al ser el objetivo último de la película, es donde este villano debería tener su aparición final. Todo lo contrario. La trama de Anastasia y su abuela se resuelve y solo después, sin generar ningún tipo de conflicto, se introduce de forma burda a un Rasputín que, como es evidente, debe morir.

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Mal esta “Anastasia” que queda como el ejemplo de cómo no debe hacerse una película. No creo que el hecho de que trate de una película infantil, por muy simple y sencilla que esta deba ser, sea una excusa para descuidar todos los detalles que hemos ido comentando. De hecho, el mismo Bluth que firma este cúmulo de despropósitos, tiene una maravilla llamada “Fievel y el nuevo mundo” que, haciendo uso de los mismos recursos de los que se vale “Anastasia”, es un ejemplo destacado de cómo se puede hacer una película infantil de calidad sin tomar al espectador (tenga la edad que tenga) por estúpido.

Sobre Héctor Pintado

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Escribo críticas de películas. Si quieres que hable de alguna en concreto, ponte en contacto conmigo y házmelo saber. Estoy en Twitter como @hthorpintado

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