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Crítica: “Mad Max: Furia en la carretera”- O cómo regresar 30 años después

Tanto Steven Spielberg como George Lucas saben de sobra que decidir recuperar (varias décadas más tarde) la trilogía que te lanzó a la fama para reinventarla y presentarla tanto las viejas como a las nuevas generaciones no es tarea fácil. Y menos manteniendo intacto su espíritu original e incluso elevándolo a cotas superiores. Ese es precisamente el enorme mérito de George Miller que, nada más y nada menos que 30 años más tarde, nos trae la cuarta entrega de la célebre saga distópica "Mad Max" y, sin duda, la más grande, salvaje y demencial de todas ellas. Resulta difícil situar cronológicamente la…

Resumen de Reseña

Valoración

Muy recomendable

Resumen : Cine de acción de alto octanaje: un espectáculo visual frenético, salvaje y demencial.

Valoraciónes : 4.05 ( 2 votos)

Tanto Steven Spielberg como George Lucas saben de sobra que decidir recuperar (varias décadas más tarde) la trilogía que te lanzó a la fama para reinventarla y presentarla tanto las viejas como a las nuevas generaciones no es tarea fácil. Y menos manteniendo intacto su espíritu original e incluso elevándolo a cotas superiores. Ese es precisamente el enorme mérito de George Miller que, nada más y nada menos que 30 años más tarde, nos trae la cuarta entrega de la célebre saga distópica “Mad Max” y, sin duda, la más grande, salvaje y demencial de todas ellas.

Resulta difícil situar cronológicamente la película dentro de la saga (quizás su lugar estaría entre “Mad Max 2: El guerrero de la carretera” y “Mad Max 3: Mas allá de la cúpula del trueno”), puesto que más bien parece un paréntesis atemporal que reune lo mejor del resto de entregas. Por un lado el sentido de la acción y el cinismo de la segunda parte, además del carácter arisco y inescrutable de Max, por el otro la estupenda ambientación post-apocalíptica y la incorporación de un personaje femenino de gran calado de la tercera parte de la saga.

Al igual que en sus antecesoras, la historia tiene lugar en un futuro post-nuclear donde el caudillo Immortan Joe (encarnado curiosamente por el primer villano de la saga, Hugh Keays-Byrne) gobierna un asentamiento conocido como la Ciudadela con mano de hierro. Dueño del único reducto natural conocido, un paraje casi tropical dentro del páramo desértico en que se ha convertido el planeta, Immortan Joe y su ejercito de fanáticos devotos tienen sometido al grueso de la población, a quien restringen el acceso al agua. En esta situación de divinidad casi intocable, Immortan es traicionado por Imperator Furiosa, una de sus más fieles lugartenientes (a quien da vida una Charlize Theron en estado de gracia), quien escapa con uno de sus bienes más preciados: su harén personal. Con la ayuda de sus dementes hermanos, también señores de la guerra, el tirano se embarca en una frenética y masiva persecución para recuperar a sus mujeres y llevarlas de vuelta a la Ciudadela. Con esta premisa, que se plantea en los primeros minutos de la cinta, se inicia un carrusel de polvo, fuego y destrucción que se va a prolongar, a lo largo de varios días, hasta el final de la película.

Por cuestiones de azar (y con motivaciones muy diversas) entrarán a formar parte de esta furiosa persecución un joven y enfermizo fanático llamado Nux (Nicholas Hoult), acompañado de su esclavo recién capturado (“bolsa de sangre”), que es precisamente nuestro antihéroe favorito. Un Max de pocas palabras y mucho más oscuro y desconfiado que el visto en entregas anteriores, y que va ceder las riendas de la película al carismático personaje encarnado por Theron. Y es que, por muy masculina que parezca la temática de la película (todo un órdago de mortíferos vehículos, persecuciones imposibles, combates acrobáticos y un generosísimo espectáculo pirotécnico), “Mad Max: Furia en la carretera” es un canto reivindicativo y (a su manera) bello de la feminidad. Furiosa, movida en parte por su deseo de venganza y en parte por su voluntad de redención, trata de escoltar a las deseadas mujeres del villano a un lugar seguro lejos de la locura y la supremacía masculina. Una peculiar contraposición de lo femenino como fuente y dador de vida frente a una decadente fuerza masculina caracterizada por un autodestructivo deseo de dominación.

Si bien es cierto que la sencillez del guión roza lo paródico (estamos ante el tradicional “Chica traiciona a malo. Malo persigue a Chica. Chico ayuda a Chica”), también lo es el hecho de que esta simpleza argumental queda ampliamente compensada por una ambientación de primera y un ritmo absolutamente frenético. Miller demuestra su amor por el detalle desplegando un fascinante repertorio de personajes, vehículos y armamento a cual más extravagante, delirante y grotesco (mención especial a la guitarra-lanzallamas del vehículo orquesta). En este sentido, el vestuario, los decorados, la estética y en general la dirección artística de la película son una auténtica maravilla. Las monumentales (e interminables) persecuciones al ritmo de la sobrecogedora música de Junkie XL son una abrumadora cascada de metal, polvo, fuego y sangre de unas dimensiones pocas veces vistas antes en pantalla. La fotografía de John Seale (Witness, Rain Man, Cold Mountain, etc.) es otro de los puntos fuertes de la película, que atesora escenas de grandísima belleza como esa espectacular tormenta de arena en el desierto o la huida a través del cenagal en plena noche.

El principal problema de Mad Max es que ofrece cine de acción de alto octanaje pero no se aventura a ir más allá. Los momentos en los que se tocan de forma tangencial temas tan interesantes como el fanatismo religioso, la misoginia y la ecología, apenas son breves descansos dentro del carrusel desquiciado y devastador que constituye el grueso de la película, prácticamente una pausa para que el espectador tome aire. Y es que quien espere un trasfondo más profundo presente en otras películas del género (“La carretera”, “Hijos de los hombres”) no va a encontrar lo que buscaba. Porque “Mad Max: Furia en la carretera” es, para lo bueno y para lo malo, UNA persecución de 120 minutos sin respiros en la que no hay lugar para la transcendencia. Una epopeya visual y musical salvaje y demencial que, para más de alguno, puede resultar tediosa y abrumadora en los últimos tramos de su metraje. No hay duda de que estamos ante una obra de una calidad técnica por encima de la media y que dejará huella en el cine de acción, pero también es cierto que una dimensión más profunda y reflexiva habría hecho de esta película una auténtica obra maestra. Por lo demás, sólo queda decir que “Mad Max” es ESPECTÁCULO DE CALIDAD con mayúsculas, y que bien vale una entrada de cine. Aquellos que sabíamos a lo que íbamos ya estamos pendientes de su salida en DVD para revisar la que puede que sea, sin exagerar, una de las películas de acción más frenéticas, demenciales y asombrosas de las últimas décadas.

 

Sobre Amable García Enguita

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Arquitecto de oficio, viajero por vocación, lector empedernido y, sobretodo, amante del séptimo arte...

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