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Crítica. “ORQUÍDEA NEGRA”. El arte por encima del género.

  La Cosa del Pantano, Animal Man, los olvidados de la Charlton en Watchmen…y Orquídea Negra. Personajes terciarios, perdidos o esquemáticos que hallaron su renacimiento en la conquista británica de la industria americana en los ochenta, gracias a sus enfoques rompedores, frescos y novedosos. Justo a finales de la década, una última muesca iba a quedar grabada en el excelso tablón editorial de DC Comics. Neil Gaiman se encontraba muy cómodo en el inicio de Sandman (otro nombre recuperado de un personaje añejo) pero su efervescencia creativa debía tocar tangencialmente la galería deceita con la excusa de utilizar un personaje…

Resumen de Reseña

General
Guión
Dibujo
Personajes
Historia
Edición

“Ustedes, la supergente, viven en un mundo de tópicos, señora”

Resumen : Un trabajo tan atemporal como su dibujo. Actual por su mensaje y escritura. Uno de esos cómics que pusieron techo a la forma de contar historias en el género.

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La Cosa del Pantano, Animal Man, los olvidados de la Charlton en Watchmen…y Orquídea Negra. Personajes terciarios, perdidos o esquemáticos que hallaron su renacimiento en la conquista británica de la industria americana en los ochenta, gracias a sus enfoques rompedores, frescos y novedosos. Justo a finales de la década, una última muesca iba a quedar grabada en el excelso tablón editorial de DC Comics. Neil Gaiman se encontraba muy cómodo en el inicio de Sandman (otro nombre recuperado de un personaje añejo) pero su efervescencia creativa debía tocar tangencialmente la galería deceita con la excusa de utilizar un personaje que ni los más viejos del lugar podrían imaginar, la justiciera Orquídea Negra, creada en 1973 por Sheldon Mayer y Tony Dezuniga para el nº 428 de la serie Adventure Comics. Con la alegría que supone encontrar ese juguete que uno tenía olvidado para unirlo a los manoseados, el escritor inglés lo aprovecha para adentrarse en el lado oscuro de un universo de ficción colorido y grandilocuente donde seguir explorando y pulsando las querencias de unos lectores que en esa gloriosa década acababan de comprobar que los límites en los modos y formas de presentar sus tebeos favoritos habían estallado. En plena continuidad de sus series predilectas, encontraban ambientes sucios y turbios donde los malos ganaban en las esferas sociales donde el pijamismo no alcanzaba, por mucha amenaza universal desbaratada. La forma en que los personajes hablaban y actuaban eran las mismas que las que se encontraban en la oficina, en un restaurante o en una parada de autobús. Pero sobre todo se les trataba con respeto y no se les subestimaba. Tomaron a los lectores de cómics como personas inteligentes y no como pobres de mente alérgicos a la literatura exigente. Y encima de superhéroes. Un ejemplo es la obra que nos ocupa.

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Con un inicio rompedor, Gaiman le pega un tiro (literal) a la justiciera que da nombre a la obra, quitándose del medio su encarnación originaria para crear otra cosa. Sí, al héroe no se le da la oportunidad de escapar y derrotar al malo después de escuchar su malévolo plan. Se le mata con alevosía para desarrollar a partir de ahí una historia de búsqueda de humanidad, identidad e individualidad por una criatura que es y no es, que se mueve entre lo sobrenatural y lo terrenal, planteándonos principios existenciales básicos como justicia e igualdad. Una historia clásica de superación en un marco violento y sórdido. El no-renacimiento de la protagonista que da inicio a la obra tras su impactante arranque, explora la ciencia como dadora de vida que anula a Dios, el romanticismo correspondido pero no consumado, las mezquindades económicas de las multinacionales, los grupos paramilitares, la explotación forestal, la violencia de género, la pedofilia, la celopatía y la esquizofrenia. Sin que uno se de cuenta, poco a poco, la fuerza de la escritura de Gaiman nos introduce en una experiencia gráfica mental, absorbente e impredecible. Tratándose de la reinterpretación de un personaje ya creado, nos regala de forma indirecta una historia de origen puro a través de pequeñas líneas de diálogo repartidas en los tres prestigios en que se compone la obra. Mientras que el lector va componiendo la intrahistoria en la gestación de la protagonista, el guión nos sorprende con revelaciones inesperadas. En paralelo, con elementos del más puro género negro, el resto de habitantes de esta claustrofóbica, pero a su vez, naturalista historia, deambulan como metáforas de lo mejor y peor de la condición humana. Para no olvidar donde nos encontramos y para dar más empaque y señorío a la saga, Batman, Arkham Asylum, La Cosa del Pantano, Hiedra Venenosa y un omnipresente en la sombra Lex Luthor, se pasan por aquí en paradas trascendentales en el camino de la protagonista. La violencia que disfraza Luthor con sus palabras es estremecedora y el punto de vista del inglés sobre el villano en su versión postcrisis da para que le escriba una historia aparte. Pero es que además los coloca lo mínimo y casi en segundo plano para no desequilibrar a la protagonista, para no restarle el peso en la historia que tiene por tal condición. Hecho que se demuestra por el dibujo y el tratamiento del color de la obra.

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Aprovechamos por tanto el relevo artístico para meternos con el trabajo de Dave McKean. Con su particular estilo pictórico y experimental, el primer rasgo distintivo es la atemporalidad. Alejado totalmente de cualquier modo de dibujo clásico, a pesar de los casi 30 años transcurridos desde su publicación, la obra rezuma contemporaneidad. Le pasa como a Sienkiewicz, trasciende el tiempo. Dentro de su particular estilo, la mayoría de las composiciones siguen un esquema tradicional de reparto de viñetas, alternándose con escapismos a la estructura que le permite resaltar a página completa o a media página momentos traumáticos de la protagonista que se contemplan como cuadros vanguardistas. Además se aprovecha de los flashbacks para mostrar su lado ilustrador y su talento en la introducción de imágenes simbólicas.

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La decadencia de los ambientes se demuestra con el análisis monocromático de los personajes secundarios perfilados con grises azulados en contraste con el resplandeciente púrpura de Orquídea que resalta su pureza. La naturaleza de los cercanos al reino vegetal (véase Hiedra Venenosa y La Cosa del Pantano) provoca que poco a poco, a medida que la protagonista comprende su lugar en el mundo, esa oscuridad intencionada tan presente en el paisaje estalle en una explosión de verdor omnipresente que absorbe ese grisáceo universo corrupto que le permite presentar su bondad intrínseca.

Desde el punto de vista gráfico, uno se pierde en los diseños, en la expresividad fotorrealista de los personajes, en los símbolos metafóricos y en el tratamiento pictórico de la naturaleza hasta que uno se da cuenta que ha dejado de leer por tal portento visual. En un trabajo donde hay mucho diálogo externo e interno, desplazamientos de un lugar a otro, tanto en exteriores como en lugares cerrados, ausencia de acción y suspenses vertiginosos, la pericia de la escritura de Gaiman no sería suficiente para meterte de lleno en la obra si no se cuenta con un tipo de ilustración y narrativa gráfica como la de McKean.

Orquídea Negra es de esas obras que hay que leer al menos una vez en la vida. Un trabajo tan atemporal como su dibujo. Y tan actual por su mensaje y escritura. Uno de esos cómics que pusieron techo a la forma de contar historias en el género, lo que le llevó a alcanzar valor histórico y arqueológico.

Black Orchid 1-3, DC Comics. Orquídea Negra, ECC Ediciones. Cartoné. Color. 176 pags. Pvp: 17,95 €. Fecha de edición: Septiembre 2016.

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