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Crítica: “Una Historia de Violencia”. El Forajido Regresa al Pasado.

Si Jeff Bailey (Robert Mitchum) en “Regreso al Pasado” (Jacques Tourneur, 1947) se puso a jugar a las casitas en un paréntesis indefinido que mira por el espejo retrovisor su pasado violento y Ole Andreson (Burt Lancaster) en “Forajidos” (Robert Siodmak, 1946) se procuró un suicidio pasivo asumiendo su huida imposible de lo mismo, Tom McKenna en “Una Historia de Violencia” manipula la realidad a sus propios fines extirpando sus errores de juventud por un relleno artificial de estabilidad y confortabilidad. Mira hacia delante, en lugar de hacia atrás como los dos ejemplos antes mencionados. Ni vuelve al redil ni…

Resumen de Reseña

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Guión
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Personajes
Historia
Edición

“¡Un par de colegiales!¡Haciéndonos quedar como una panda de monos!”.

Resumen : Si tienes que definir el significado de novela gráfica, enseña “Una Historia de Violencia”. Quedará perfectamente explicado.

Valoraciónes : Sea el primero!

Si Jeff Bailey (Robert Mitchum) en “Regreso al Pasado” (Jacques Tourneur, 1947) se puso a jugar a las casitas en un paréntesis indefinido que mira por el espejo retrovisor su pasado violento y Ole Andreson (Burt Lancaster) en “Forajidos” (Robert Siodmak, 1946) se procuró un suicidio pasivo asumiendo su huida imposible de lo mismo, Tom McKenna en “Una Historia de Violencia” manipula la realidad a sus propios fines extirpando sus errores de juventud por un relleno artificial de estabilidad y confortabilidad. Mira hacia delante, en lugar de hacia atrás como los dos ejemplos antes mencionados. Ni vuelve al redil ni acepta el plomo de sus perseguidores, simplemente niega sus raíces en beneficio de su auténtico yo, lejos de una juventud abonada a la supervivencia social y a la irresponsabilidad. Tumor latente que reaparece al bajar la guardia, cuando subestima el tratamiento de tartas de manzana y barbacoas. Obra “perjudicada” por la película de mismo nombre (David Cronemberg, 2005) al quedar desnaturalizado el gran misterio que esconde su patrocinio del sueño americano. Si estás leyendo estas líneas y no has visto la cinta protagonizada por Viggo Mortensen, estas de suerte porque experimentarás por primera vez un estudio de la violencia en todas sus formas, partiendo de su fuente original. Sin perjuicio que su adaptación cinematográfica fuera acertada. Violencia exteriorizada por el impacto de fuerzas extraordinarias en un entorno ordinario que pone patas arriba la tranquilidad de las urbanizaciones estampadas en catálogos inmobiliarios. La violencia interiorizada que rompe la armonía familiar reflejada en las imágenes fotográficas de cualquier recibidor de viviendas clónicas unifamiliares estadounidenses.

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El pasado golpea con una fuerza inversamente proporcional a la tranquilidad y comodidad de una vida ganada mediante la suerte y el instinto de supervivencia. A partir de ahí, el infierno se desata para todos los implicados como capricho del destino que quiere ajustar cuentas con sus involuntarias marionetas. La obra, repartida en tres actos, parte de una premisa que engancha nada más empezar. El suspense y el desconcierto reinan en un relato donde la identidad individual está en juego y la felicidad doméstica es apostada con malas cartas. John Wagner muestra su talento alejándose de sus metáforas ciberpunks para reventar los convencionalismos costumbristas de ficción conectando al lector en un movimiento empático que fantasea en una situación inimaginable, qué haces si unos matones sacados de una película de Martin Scorsese llaman a la puerta de tu casa preguntando por tu padre. Un ejercicio narrativo magnífico que al igual que en los capítulos posteriores funciona a dos niveles, como episodio autoconclusivo con cierre absoluto en caso de cambiar un cuadro de diálogo justo al final o como catalizador de la fiesta sangrienta que los acontecimientos provocan, que es precisamente el rumbo escogido por el escritor.

El segundo acto, que funciona como precuela a lo observado anteriormente, explica el razonamiento anterior para el caso cada apartado hubiera funcionado como novela gráfica corta. Homenaje claro al romanticismo neoyorquino de los bajos fondos, es deudor de la narrativa del director antes mencionado por el recorrido místico de las calles del Brooklyn violento separadas por bocas de riego. Otra historia de violencia más reconocible del género negro y de gangsters. De nuevo Wagner atrapa al lector mediante el ascenso de un par de muchachos con aspiraciones demasiado ambiciosas. Comer más de lo que se puede tragar en una telaraña mafiosa se convierte en la mejor jugada para embaucar al lector ávido de microhistorias contundentes y de mucho calado. La construcción de los dos protagonistas es delicada y llena de sensibilidad. Por un lado, Richie, que abraza la violencia como única posibilidad de crecimiento personal y social, y un joven Tom que se adapta al entorno con una visión intencionadamente más benévola que la de su amistad contradictoria. Se convierte en el Robin Hood de los enfermos y desahuciados. Excusa que parece entrever una necesidad en Wagner de salvar el alma de su protagonista dotándole de una nobleza desdibujada por sus decisiones y actos. Una de las pocas grietas que encuentro en la obra por el desproporcionado afán de disculpar a su protagonista.

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Pasado y presente se reúnen por fin en el tercer episodio que respeta la simetría estructural de las dos anteriores, punto de partida incierto y misterioso que termina en un festival sangriento. La diferencia aquí radica en una explosión de sadismo y ensañamiento pocas veces vistas en cualquier relato de ficción que justifica la consulta previa de esta obra antes que la de su homónima cinematográfica. La tensión y zozobra esperada esquemáticamente supera cualquier expectativa por lo que mejor callar al respecto, pero sin duda Wagner consigue incrementar los momentos climáticos previos con una serie de escenas que cortan la respiración y que desautorizarían cualquier aproximación posterior en cualquier medio. Se hablaría de homenaje más que de plagio porque el listón que deja el escritor es invencible en su tramo final.

En la parte gráfica, Vince Locke. Ilustrador de prestigio en diversas formas de expresión plástica, cumple con creces el encargo. La falta de detallismo y su intencionado abocetado plasma a la perfección el espíritu del plan maestro de Wagner. El aspecto visual se presenta en carne cruda en consonancia con los hechos expuestos. No se fríe ni se cuece en contornos más definidos. Se subordina a la brutalidad externa e interna de la violencia repartida en ambas dimensiones, la objetiva y la subjetiva. Se aparta en beneficio de la narrativa acosadora y lineal de los guiones. Si la odisea de Tom es seca y directa y no caben los deleites dialécticos, el ritmo requiere ir al grano cuanto antes en todos los frentes presentados. De ahí que las florituras preciosistas sobren. El dibujo expresa perfectamente la impaciencia en la inmersión de la lectura ante el requerimiento de llegar cuanto antes al final de esta montaña rusa emocional. Si feo es el ambiente, si sucia es la atmósfera en cualquiera de los escenarios y terroríficas las situaciones en un contexto real, la necesidad de que el estilo visual se corresponda con estos presupuestos, justifican la presentación gráfica reflejada.

Una historia de violencia. Una historia asfixiante. Una historia desasosegante. Una historia emocionante. Una historia del vecino de al lado. Una historia que mejor conocerla en la ficción.

A History of Violence, Vertigo/DC Comics. Una Historia de Violencia, ECC Ediciones. Cartoné. Blanco y negro. 296 pags. Pvp: 27 €. Fecha de edición: Diciembre de 2016.

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