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Espartaco es uno de esos personajes de la antigüedad de los que apenas existen documentos fiables, contemporáneos a su existencia, y que ha traspasado los siglos llegando hasta la actualidad con una fuerza y una trascendencia abrumadora: un icono, casi un arquetipo, de la lucha por la libertad.

Pero... ¿qué hay de cierto en lo que conocemos de este personaje?

Reportaje: Espartaco, entre la Historia y la Leyenda

Espartaco es uno de esos personajes de la antigüedad de los que apenas existen documentos fiables, contemporáneos a su existencia, y que ha traspasado los siglos llegando hasta la actualidad con una fuerza y una trascendencia abrumadora: un icono, casi un arquetipo, de la lucha por la libertad.

Pero… ¿qué hay de cierto en lo que conocemos de este personaje?

Vamos ha hacer una modesta, muy modesta, biografía de Espartaco, siempre desde el punto de vista histórico, pero enlazando (a veces para confirmar, a veces para desmentir) con dos de las realizaciones más importantes que del personaje se han hecho: la película Espartaco, dirigida por Stanley Kubrick en 1960 (y por extensión la novela homónima, de Howard Fast, en la que fielmente se basa) y la serie Spartacus, cuya tercera temporada pondrá punto y final.

Antes de comenzar quisiera puntualizar que, aunque existen innumerables escritos sobre el personaje, la mayoría son de siglos posteriores y no tienen prácticamente ningún valor histórico-biográfico. Juan Luis Posadas, en su libro “La rebelión de Espartaco”, constata que son los historiadores romanos contemporáneos o muy cercanos en el tiempo, los únicos que pueden tenerse como “ciertos”, si bien hay que tener en cuenta que todo escrito está sometido a censuras, partidismo… etc. Por ejemplo, Plutarco es el autor mejor considerado en este sentido, pero no hay que olvidar que era un autor griego…
 

LA BIOGRAFÍA DE ESPARTACO

Nacido a finales del siglo II antes de nuestra era, todas las fuentes coinciden en situar a Espartaco como un guerrero tracio que, luchando como mercenario a las órdenes de Roma, desertó del ejército imperial por algún motivo desconocido… posiblemente por los desmanes que los soldados romanos cometían con el pueblo; algunos, paisanos del propio Espartaco. Pasó un tiempo actuando como bandolero hasta que fue apresado por las fuerzas romanas y hecho esclavo. Vendido en Roma, su actitud agresiva e indómita asustó a su dueño que pensó que lo más correcto y sensato sería venderlo a un luddus de gladiadores donde pudiera dar rienda suelta a toda esa rabia que contenía el tracio. Fue vendido al luddus de Léntulo Batiato, en Capua.

Hasta aquí sorprende la gran fidelidad que existe en la serie de TV, Spartacus: Sangre y Arena. Evidentemente se toman sus licencias para crear una historia coherente y no dejar lagunas argumentales, pero se ciñen de forma correcta a lo fundamental. La película, sin embargo, ahorra todo este preámbulo y encontramos a un Espartaco trabajando despóticamente en las minas de piedra. Léntulo Batiato (interpretado magistralmente por Peter Ustinov), que allí acude buscando nuevos gladiadores para su luddus, repara en la fiereza del tracio, y lo compra.

Espartaco sufriría junto a sus compañeros de luddus la crueldad de la clase pudiente romana. Nos encontramos en una República tardía que, habiendo conquistado y vencido a casi todos sus oponentes, principalmente habiéndose deshecho de Cartago, se debatía en trifulcas internas y dividía su población entre los pobres y miserables por un lado y los opulentos y derrochadores por otro. Además, una serie de revueltas de esclavos conocidas como las Guerras Serviles, sucedidas unas pocas decenas de años antes, habían conseguido que la opresión sobre los esclavos fuera todavía más intensa y cruel. La rebelión de Espartaco es considerada la Tercera Guerra Servil.

LOS ESCLAVOS SE PONEN EN PIE

Espartaco era un líder nato y convenció de alguna forma a sus compañeros de penurias. En el 73 a.C. un grupo compuesto por unos 70 gladiadores acabó con sus guardianes y amos y huyeron del luddus. Repelieron con éxito a las partidas de soldados que intentaron frenarles y más esclavos se les unieron. Espartaco decidió atrincherarse en el Vesubio, inactivo en aquella época, teniéndolo como refugio inviolable… Pero también resultaría una trampa mortal: el pretor Claudio Graber, con tres mil soldados, se apostó por la única salida posible, decidido a sitiar a los rebeldes: saldrían para luchar y serían masacrados o morirían de hambre y de sed.

Pero una cara del volcán había quedado sin vigilancia, era una ladera impracticable, un precipicio mortal. Los rebeldes utilizaron las ramas de vides que por allí crecían de forma silvestre para descender por aquel lado. Ayudados por los pastores de la zona, asaltaron la guarnición romana, tomándolos por sorpresa y sometiéndolos a una derrota total. Esta victoria atraería a nuevos efectivos, que ya sumaban más de 7.000.

Espartaco, según los relatos siempre democrático, honorable y comprensivo, compartía sus decisiones con dos de sus fieles amigos: Crixo y Enomao.

Volvemos a echar una mirada a la serie de TV para volver a constatar que mantiene cierta fidelidad con la historia. Primero, en la manera de retratar a las clases pudientes romanas, pues se nos muestran en un alto grado de depravación y soberbia. Segundo, con el trato vejatorio de los amos, o domines, para con sus esclavos, a los que consideran poco más que objetos o, en el mejor de los casos, animales domésticos. Tercero, en la inclusión de personajes como Enomao o Crixo que, veremos, tendrán gran peso en la historia.

Por su parte, la película de Kirk Douglas también refleja magistralmente la forma de vida romana. No de forma tan explícita como la serie, pero sí mucho más elegante y sutil. Además de ser otra época, el mensaje que la película quería transmitir era una crítica encubierta a la “caza de brujas” con la que el macartismo sometía a los artistas americanos en aquellos años.

El ejército de esclavos crecía de forma exponencial conforme aumentaba sus victorias. Cayó el pretor Publio Varinio y sus 2.000 soldados, también fue vencido Cosinio, que casi fue apresado. Esta victoria permitió a los rebeldes hacerse con el armamento del ejército romano, aumentando así su capacidad de ataque. No solo los esclavos veían ahora una luz en sus vidas, también se unieron a este particular ejército las gentes desposeídas, los pobres y arruinados, despechados de una República opresora y unos gobernantes de mano férrea. Así, 120.000 hombres y mujeres furiosos comenzaron a inquietar muy seriamente a Roma, que ya sentía como amenaza verdadera lo que comenzó siendo una revuelta sin importancia.

EL PRINCIPIO DEL FIN

Pero en el año 72 a.C. comenzaron a volverse las tornas. El Senado puso la campaña en manos del hombre más poderoso de Roma: Marco Licinio Craso. Ambicioso, codicioso y dispuesto a cualquier cosa con tal de conseguir la gloria, Craso sabía que solo le faltaba un aspecto para llegar a lo más alto y convertirse en leyenda: ganar honores en el campo de batalla y acabar con otra leyenda viviente, Espartaco.

El ejército rebelde, dividido, marchaba en diferentes direcciones. Espartaco buscaba una salida hacia la libertad, mientras que algunos de sus fieles, como Crixo, quería marchar sobre Apulia. Este fue el principio del fin: Enomao fue vencido y muerto por el pretor Quinto Arrio. Gelio Publícola acabó con Crixo y sus 10.000 hombres junto al monte Gargano…

Espartaco venció en batalla a Quinto Arrio y, como homenaje a su compañero Crixo, organizó unos juegos fúnebres en los que obligó a luchar como gladiadores a los capturados. Un acto de humillación extremo para los honorables romanos, que sufrían en sus carnes lo que ellos mismos habían causado en ocasiones anteriores.

Espartaco continuó su avance triunfal hacia el norte, en busca de una salida por los Alpes buscando la libertad. Pero en este punto algo sucede… inexplicablemente, Espartaco decide volver sobre sus pasos y dirigirse hacia el sur. Buscaba la costa, donde pactaría con piratas cilicios la salida de todos sus seguidores en barcos, con destino Sicilia.

Y aquí es donde entra en juego Craso, al mando de diez legiones financiadas por él, tal era su determinación. Traicionado por los piratas cilicios, a Espartaco solo le quedó luchar… y a punto estuvo de conseguirlo. Craso se vió obligado a pedir refuerzos al Senado, que le llegaron de Hispania y Macedonia, bajo el mando de Pompeyo y Marco Licinio Lúculo, respectivamente.

LA BATALLA FINAL, EL FIN DE UN SUEÑO

Cerca del río Siler, en marzo del 71, se desató la batalla final: fue una carnicería por ambas partes, aunque la derrota rebelde no se hizo esperar. Varias son las fuentes que narran la muerte de Espartaco en el campo de batalla: el tracio mató a su caballo, con este gesto quería dejar bien claro que la huída no entraba en sus planes: sería matar o morir. Se lanzó de lleno al centro de la batalla, buscando desesperadamente a Craso. Sabía que el acto de matar al líder romano sería un potente acicate para sus tropas y un golpe a la moral del ejército enemigo. Localizado el cónsul romano, Espartaco fue directo a por él. Pero Craso se dió cuenta del movimiento y varios soldados acudieron a su ayuda. Espartaco acabó con ellos, a golpe de espada, encarnizadamente… la tropa de élite romana, los centuriones, se interpusieron en su camino, imponentes, amenazantes. Sus dotes de guerrero le permitieron acabar con dos de ellos, pero un gran número de soldados ya se abalanzaban sobre él. Una lanza se clavó en su pierna, obligándole a arrodillarse. Aún en esa posición logró contener los ataques enemigos, pero el fin ya era irreversible. Espartaco nunca llegó hasta Craso. Fue masacrado allí mismo.

Los cadáveres de 60.000 rebeldes cubrían el campo de batalla. Algunos supervivientes fueron asesinados en su huída y otros muchos, lograron refugiarse en los bosques y consiguieron mantener una desesperante guerra de guerrillas hasta bien entrado el siglo I de nuestra era. El cadáver de Espartaco nunca fue encontrado, acabó de forma anónima en el campo de batalla. El destino de los capturados no queda claro, parece ser que los esclavos identificados fueron devueltos a sus dueños mientras que a los que no se consiguió identificar, fueron crucificados como ejemplo a futuras revueltas. El mito de que se crucificaran miles de esclavos viene de una fuente tardía y no parece tener mucha verosimilitud, pues un hecho de ese calibre hubiera quedado reflejado por los historiadores romanos contemporáneos.
 

Estos hechos no se pueden comparar con la serie de TV, al menos no se puede en el momento de escribir estas líneas. Cuando se emitan las temporadas restantes podremos valorar su nivel de fidelidad.

La película de Kubrick sigue con rigurosidad el relato histórico, bien con ciertas libertades, pero sin descuidar lo esencial. La inolvidable escena final de la película, en la que Espartaco es crucificado como un esclavo más al que sus compañeros no quieren delatar parece surgir de la mente de Howard Fast, creador de la novela y colaborador en el guión del film. No es fiel a la realidad (fuera esta cual fuese), pero tiene una fuerza incontestable.

Este fue Espartaco. Hoy día sigue tan vivo como siempre. Su recuerdo es el espíritu de la lucha de clases, de la dignidad del hombre frente al abuso del poderoso, indolente y ajeno al sufrimiento de sus semejantes. Este espíritu ha sido perpetuado por películas y series como las que hemos tratado, consiguiendo que todas las generaciones recuerden a este personaje y lo que su lucha simboliza. Y como símbolo inmortal podemos recordar una de las escenas finales del film de Stanley Kubrick, en la que todos los capturados se identifican como Espartaco, gritando “Yo soy Espartaco!”.

¿Y tú, eres Espartaco?

Anexo:

DOS MISTERIOS EN LA BIOGRAFÍA DE ESPARTACO.

1. SU ORIGEN. Las fuentes siempre se refieren a él como “el tracio”. De ahí que se diga que proviene de Tracia, la actual Bulgaria. Pero los historiadores más serios no están tan seguros. Recordemos que “tracio” era también como se conocía a una clase de gladiador, el que iba armado con una espada curva y escudo rectangular. Así, pues, el adjetivo “tracio” puede ser que tenga un significado distinto al que se le suele dar.

2.SU MUERTE. No sabemos si murió en la cruz, junto a sus compañeros capturados y “decorando” la , via apia, o murió en el campo de batalla. Parece ser que esta segunda teoría es la correcta, pues varios escritos distintos la describen. Pero… si murió de forma tan épica en combate, encarándose al propio Craso ¿cómo es posible que su cuerpo no fuera identificado?!! Esto solo me deja dos posibles hipótesis: una, que este relato de su muerte en batalla sea una invención para darle mayor leyenda al personaje. Dos, que los romanos decidieran dejar su cuerpo sin identificar, para evitar su martirización y que otros esclavos tuvieran una tumba a la que acudir.

 

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