Críticas de cómics

Crítica: «Tedward», adorable simpático e incapaz

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Muy recomendable

Desventuras de un personaje naíf y ridículo. Una genialidad.

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Os voy a contar un poco sobre una de las publicaciones que más me han sorprendido en los últimos meses. Se trata de Tedward, de Josh Pettinger, publicado por Ediciones La Cúpula en enero de 2026 (tras su edición original en Fantagraphics en 2025).

Josh Pettinger, el historietista británico afincado en Filadelfia, ha conseguido con Tedward consolidarse como una de las voces más frescas y ácidas del cómic indie contemporáneo. Llega a nosotros muy poco después de publicarse en USA gracias a La Cúpula, en una cuidada edición rústica a color de 176 páginas. Este volumen recopila las aventuras (o más bien desventuras) de su protagonista homónimo, un personaje que parece diseñado en laboratorio para encarnar la máxima del loser adorable: simpático, bienintencionado, pero absolutamente incapaz de no meter la pata hasta el fondo.

Tedward es un tipo con corte de pelo militar ligeramente desfasado (aunque él piensa que le da personalidad), cara de bloque de hormigón expresivo y una autoestima que oscila entre la ilusión desmedida y el desastre inminente. Se autoproclama “triunfador”, “lover” y “hombre central y fundamental”, pero la realidad lo desmiente a cada viñeta. Vive en un limbo entre la ingenuidad casi infantil y una credulidad patológica que lo lleva a caer en las trampas más absurdas que la caprichosa vida le pone delante.

El libro funciona como una antología de relatos cortos y tiras enlazadas, sin una trama lineal estricta, lo que permite a Pettinger experimentar con ritmos y tonos. Aunque de cara al final se enlazan varias de esas historias y le dan una especie de hilo argumental tan loco como genial. Hay páginas que respiran calma mundana (Tedward descuidando el huerto de ruibarbo de su madre) y, de repente, estallan en secuencias de humor corporal extremo, escatológico o erótico-turbio.

El autor no tiene miedo a lo grotesco ni a lo incómodo: penes con forma de pantalones, higienistas coitales, televisores calientes que funcionan con monedas… todo forma parte de un universo donde lo ridículo y lo repulsivo conviven en perfecta armonía.

Gráficamente, Pettinger despliega un estilo limpio, preciso y perturbadoramente efectivo. Sus líneas recuerdan a veces al Daniel Clowes de los primeros Bola Ocho (esa mezcla de clasicismo cartoon y creepiness), pero con un toque más orgánico y menos geométrico. Los colores (predominantemente planos pero con elecciones atrevidas) acentúan el contraste entre la apariencia “normal” de los personajes y la locura de las situaciones. Tedward mismo es un bloque cabezón con ojos diminutos y boca perpetuamente entreabierta: cuanto más simple parece el diseño, más expresivo resulta en las viñetas de pánico o éxtasis.

El humor de Tedward pertenece a esa estirpe incómoda y negra que te revuelve al tiempo que te divierte, pero sin llegar al nihilismo total. Aquí el desastre es más existencial y social: Tedward no es un adicto ni un marginado extremo, sino un tipo corriente que cree en el sueño americano (o en su versión cutre) y por eso fracasa de forma espectacular. Cada intento de mejorar su vida (montar un negocio, ligar, integrarse) termina en catástrofe, pero nunca de forma predecible. Pettinger sabe alargar la tensión: construye expectativa, te hace pensar “esta vez saldrá bien», y entonces llega el puñetazo.

Entre las mejores secuencias están aquellas en las que Tedward interactúa con personajes secundarios memorables: la agente con el mechón negro colgando, la novia con sombrero floral, los estafadores de pacotilla que huelen a oportunidad. Hay un punto de vista casi cándido en el protagonista: no entiende del todo el mundo, pero sigue adelante con optimismo suicida. Eso genera una empatía extraña: te ríes a carcajadas de su sufrimiento, pero al mismo tiempo sientes lástima. Es el clásico humor cringe elevado a arte.

Tedward es un naíf contemporáneo, un cándido del siglo XXI que en vez de viajar por el mundo lo hace por garajes, moteles y almacenes sospechosos. La edición de La Cúpula, fiel al original, conserva el formato y la maquetación que permiten apreciar el timing cómico de Pettinger: silencios, pausas, splash pages que golpean justo donde duele (y divierten).

¿A quién le recomendaría Tedward? A amantes del cómic alternativo que disfrutan con el humor negro, lo absurdo y lo políticamente incorrecto sin caer en lo gratuito. No es para todo el mundo: hay sexo explícito, violencia cartoon y situaciones que rozan lo repulsivo, pero siempre al servicio del gag y de la sátira. Tedward es una delicia misántropa y tierna a partes iguales.

Pettinger ha creado un antihéroe inolvidable que, pese a (o gracias a) su absoluta incompetencia vital, nos refleja a todos en nuestros peores momentos de ilusión desmedida. Un cómic que duele de la risa y que, al terminarlo, te deja con ganas de más desastres. Porque, al final, todos somos un poco Tedward: creemos que esta vez va a salir bien… y casi nunca sale.

Giacco

Redactor jefe de las secciones de Cómics y Videojuegos, así como presentador de muchos de los programas de Hello Friki Podcast.

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